Todos muertos menos la rana cornuda y Xabi Alonso

El pasado 23 de octubre visité el Museo Nacional de Ciencias Naturales.  El antiguo Real Gabinete de Historia Natural es una fábrica de interesantes sensaciones.

“Próxima estación. República Argentina”, anunciaba la megafonía del Metro. Me habían dicho que era la estación más cercana al Museo de Ciencias Naturales. ¿La más cercana? Allí no había cartel alguno, solamente el consulado de Rusia, un restaurante llamado Arturo, una universidad extranjera con nombre imposible de recordar y unos delfines que saltaban sobre una rotonda. Inquietante estampa que en una décima de segundo hacía que delfines, rusos y Arturo aumentaran aún más mi confusión por querer localizar la galería científica.

Sin tiempo que perder crucé la calle para preguntar a un barrendero sobra la ubicación del museo. “Baja esta calle, la calle Vitruvio y al final está”, me dijo. Confié en las palabras de ese trabajador que otorgaba belleza a las aceras de aquel lugar lleno de paseantes de aparente y, quizá real, alta alcurnia, y descendí por la calle Vitruvio intentando recordar quién era el tal Vitruvio.

¿Un pintor?, ¿un arquitecto?, ¿Leonardo da Vinci? Varias cuestiones se relacionaban en mi cabeza ante la necesidad de saber quién era aquél que ponía nombre a una vía de Madrid. Muerta la calle del arquitecto, ¿o era pintor?, me encontré con el Estado Mayor de la Defensa, edificio culminado, como es lógico, con una bandera de España en su azotea y que contaba con un perímetro de seguridad que no permitía que coche alguno se acercará a menos de 6 metros.

A la izquierda, entre copas de árboles, se asomaba la pared del Museo de Ciencias Naturales. La “gloria” había llegado. Pronto se difuminó tal alegría gloriosa al ver el importe de la entrada. ¿5 euros?, me pregunté indignado tras mirar el listado de precios. Por ser estudiante, 3 euros. Gracias. 500 de las antiguas pesetas por entrar en un museo público, ¿así es como fomentan la cultura en este país? La desgracia ya era importante; pero aumentó de una manera exponencial cuando la mujer que cobraba las entradas afirmó que la parte de Geología estaba cerrada. Adiós a los minerales y los dinosaurios, objeto de mi entusiasmo por visitar el Museo de Ciencias.

Mientras consolaba mis penas mirando los dibujos y formas del ticket de acceso, alcé la mirada y me topé con un enorme e iluminado panel de Charles Darwin. Tenía frente a mí una exposición del famoso naturalista y científico inglés, la cual ocupaba casi toda la planta baja del edificio. Maquetas, el traje de Darwin, pantallas informativas, el sombrero de Darwin, animales disecados, los libros de Darwin… Sin duda, interesante colección de ropa e informaciones para los seguidores de la selección natural pero para mí, que soy fiel seguidor de los dinosaurios y sus enormes esqueletos, las hazañas del británico no suponían una necesidad vital; los dinosaurios tampoco, pero producen un impacto visual incomparable.

Entre la fauna muerta rellena de Dios sabe qué, encontré un ápice de vida. Escondida en una esquina, custodiada por una vigilante que en secreto interactuaba con ella, dentro de un terrario, estaba la rana cornuda. Resultó ser lo más atractivo de mi visita al corazón de la ciencia española. Un diminuto anfibio que respiraba y se movía en medio de un cementerio de vitrinas y cegadores focos, de animales muertos y de vigilantes hartas de su trabajo.

Finalizado mi fugaz y desinteresado paso por las informaciones de Darwin llegué al panel de los cráneos que explican la evolución del hombre. “Garhi”, “Erectus”, “Heidelberguensis”, “Sapiens”, “Neanderthal”… ¿han matado a Adán y Eva? Por suerte no. Era necesario bajar unas escaleras, cruzarse con un cocodrilo y una tortuga que hacían las veces de pósters clavados en la pared, y atravesar una galería de insectos palo y mandíbulas de marrajos para llegar al “Jardín del Edén”, una sala circular con dos esqueletos que simulan ser los primeros seres humanos creados por Dios.

Sin dejar de lado una roja manzana y una serpiente bañada en formol, los esqueléticos Adán y Eva son observados de reojo por un colosal elefante africano, y dan la espalda a Carlos III, quien desde un cuadro observa quién entra y quién sale de esa desamparada sala que pretende ser el origen del mundo en el corazón de Madrid.

En ese origen del mundo finalizó mi visita al museo. La rana cornuda me había devuelto moralmente los 3 euros pagados en la entrada, había suavizado mi pena por no poder ver a los dinosaurios. Era la hora de comer y debía volver a casa. Esta vez me decanté por la estación de Nuevos Ministerios, así no tenía que volver a la Glorieta de los Delfines destrozándome la mente cavilando quién era el famoso Vitruvio. Mientras subía el Paseo de la Castellana, el futbolista Xabi Alonso, o su doble, bajaba hacia la zona del museo. Le miré, me miró, y cada uno seguimos nuestros caminos. Lo siento Xabi si vas al museo, los dinosaurios descansan, tendrás que consolarte con la rana cornuda.

Anuncios

Un comentario en “Todos muertos menos la rana cornuda y Xabi Alonso

  1. Pues me ha encantado, la verdad. Sí que soy serio sí…pero claro para un blog genial…para una crónica no sé yo…pero guay…me gusta pájaro…sigue así…jeje…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s