El morbo y la curiosidad por el dolor de los demás

Acabo de terminar de leer “Ante el dolor de los demás”, un ensayo de la neoyorquina Susan Sontag. Me lo había recomendado mi profesora de la asignatura “Periodismo y cambios sociales: evolución histórica”, Isabel Gómez Rivas, hace más de un año como un libro de cabecera. Es uno de estos textos que, junto a títulos como “Los cínicos no sirven para este oficio” de Kapuscinski, deben ser leídos por cualquier periodista.

Bien es cierto que lo he leído “a golpes”, no ha sido una lectura continua. Sontag expone como el ser humano se muestra pasivo ante el padecimiento del vecino. A diario vemos fotos e imágenes en televisión que denotan sufrimiento por los cuatro costados. Matanzas, asesinatos, lloros, atentados… En ocasiones, si la imagen dramática es espectacular nos quedamos en exclamar un “oh, qué buena foto” (sirva de ejemplo la foto adjunta) sin adentrarnos en el dolor que atraviesa el alma de los protagonistas de la instantánea.

Vemos tantas imágenes que estamos narcotizados. No nos afectan. Los atentados en Pakistán, las inundaciones en India, el terremoto en cualquier lugar del mundo nos deja indiferentes en la mayoría de los casos. Distinto es sí dichos acontecimientos se dan en España, entonces sí que nos movilizamos, sintonizamos el canal 24 horas y recorremos el dial de la radio en busca de un número mayor de fallecidos. Nos toca de cerca. Lo hemos visto el pasado mes de junio cuando un tren arrolló a un grupo de personas en Castelldefels. Igualmente esta tragedia nos afectaba pasivamente pero teníamos la necesidad de saber el número de muertos mientras soñábamos con que alguna cámara de vigilancia de la estación nos mostrase el momento del atropello.

Para saciar la curiosidad, para nutrir el morbo. Solamente nos afectan, y relativamente, los sucesos negativos que tienen lugar en Occidente, y si es cerquita de casa, más. Porque nos sentimos identificados. Y no sé por qué.

>> Ante el dolor de los demás. Susan Sontag. (Alfaguara, 2003).

>> Los cínicos no sirven para este oficio. Ryszard Kapuscinski. (Anagrama, 2005).

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