Quinientos años del nacimiento de Diego Laínez

Fue teólogo pontificio durante el Concilio de Trento, azotó verbal y doctrinalmente a los cristianos que apoyaban la Reforma de Lutero, dio gran prestigio intelectual a la Compañía de Jesús y estuvo a punto de ser elegido papa.

Siempre que se habla de los jesuitas vienen a la mente nombres como san Ignacio de Loyola, san Francisco Javier o san Francisco de Borja. Pero poco se habla de Diego Laínez, quien en 1558 fue nombrado segundo superior general de la Compañía de Jesús.

Tras la muerte de Ignacio de Loyola el 31 de julio de 1556, será elegido vicario general de los jesuitas, convirtiéndose, dos años después, en su segundo general.

Su historia comienza en 1512 en la localidad soriana de Almazán. Hoy, turistas y adnamantinos -que así se llama a los nacidos en el lugar- pueden contemplar en su plaza Mayor una estatua dedicada a este ilustre personaje de la villa. Se dice que su padre era un judío converso de cuarta generación. Al ser un ‘cristiano nuevo’, Diego Laínez no lo tuvo fácil a lo largo de su vida. De hecho, a su biógrafo, Pedro de Ribadeneira, no le resultó sencillo publicar su vida allá por el año 1594 debido a la ascendencia judía del de Almazán.

Capilla de los Mártires

Cuestiones de raza y pureza de sangre aparte, Diego Laínez correteó como un niño normal por las calles de Almazán. Estudió Letras en Sigüenza y, años más tarde, Filosofía en Alcalá de Henares. En esta última conoció a Alfonso Salmerón y escuchó hablar por primera vez de Ignacio de Loyola. Junto a Salmerón, en 1533, dejó España para viajar a París y estudiar Teología.

La primera persona que encontraron al llegar a la ciudad fue, nada menos, que Ignacio de Loyola. Juntos vivirán en el colegio de Santa Bárbara y allí coincidirán con otros futuros jesuitas como Pedro Fabro y Francisco Javier. El 15 de agosto de 1534, el de Almazán y otros seis compañeros irán a la capilla de los Mártires, en la colina parisina de Montmartre, para pronunciar votos de pobreza, castidad y peregrinar a Tierra Santa.

Diego Laínez marchará al norte de Italia, donde dedicará su vida a hacer obras de caridad y dirigir ejercicios espirituales. En 1537, Ignacio de Loyola le enviará junto a otros compañeros a Roma para presentarse ante el papa Paulo III. El pontífice discutirá con ellos algunos temas doctrinales y les dará permiso para ser ordenados sacerdotes y para ir a Jerusalén. La guerra con los turcos hará imposible emprender esta peregrinación. El papa quedará tan encantado con ellos que aprobará la Compañía de Jesús el 27 de septiembre de 1540 con la bula Regimini militantis Ecclesiae.

Después de la fundación, uno de los momentos más importantes de la vida de Diego Laínez será su participación en el Concilio de Trento como teólogo papal. Allí, sus conocimientos y su dialéctica causarán asombro. Fue tal su prestigio que algunos de sus razonamientos fueron incluidos en las actas conciliares. Laínez destacó en temas como la justificación -es decir, la cuestión de si el hombre se salva solo por su fe, como decía Martín Lutero, o hacen falta las obras- y la doctrina teológica en torno a los sacramentos, en especial la extremaunción y la penitencia.

Diego Laínez estaba mal de salud. Ignacio de Loyola quiso sacarle del Concilio para darle descanso y sustituirle por el mallorquín Jerónimo Nadal. Ante esta decisión, Alfonso Salmerón escribió a Ignacio diciéndole que “dos o tres sustitutos de Laínez no harían el trabajo que este hace en el Concilio ni contribuirían como él al prestigio de la Compañía”. Se dice que, en cierta ocasión, se llegó a suspender alguna de las reuniones del Concilio porque Diego Laínez estaba enfermo.

Moral del clero

Pese a su delicada salud, será durante cuatro meses el capellán de Juan de Vega, virrey de Sicilia al servicio del emperador Carlos V, en la expedición de 1550 contra los berberiscos comandados por el pirata Dragut. En 1552, será nombrado provincial de la Compañía de Jesús en Italia y, tras la muerte de Ignacio de Loyola el 31 de julio de 1556, será elegido vicario general de los jesuitas, convirtiéndose, dos años después, en su segundo general. Para algunos estudiosos e intelectuales de la época, era obvio que Diego Laínez debía ser el máximo mandatario de la orden. De hecho, en el cónclave que se celebró en 1559 -y que duró cuatro meses- el de Almazán no fue elegido papa por muy pocos votos.

El 18 de enero de 1562 se abrirá la XVII sesión y tercera convocatoria del Concilio de Trento tras diez años de suspensión. El papa ordenará a Diego Laínez que, de nuevo, sea su teólogo pontificio. El jesuita soriano intervendrá en la XXII sesión, donde hablará sobre el carácter de sacrificio de la misa, la reforma de la moral del clero, la administración de fundaciones religiosas o los requisitos para asumir cargos eclesiásticos.

Bajo el generalato de este ilustre soriano se crearon nueve provincias de la Compañía de Jesús, la cual llegó a superar la cifra de tres mil miembros. Gracias a su influencia, los jesuitas fueron readmitidos en Francia y se les abrieron las puertas en Polonia. Diego Laínez murió en Roma el 19 de enero de 1565 a los 52 años dejando un legado y un saber hacer poco mediático en nuestros días.

Una confesión, una salvación

Los textos de la época hablan de que Diego Laínez siempre se caracterizó por su humildad. Aun teniendo un cargo importante como era ser cabeza de los jesuitas, vestía muy pobremente, servía en las comidas e, incluso, fregaba los platos. Una vez, camino de Roma, vio que iban a ahorcar a un soldado español que había sido capturado en la guerra de Siena. Laínez le reconoció porque en alguna ocasión el militar había acudido a confesarse con él. Se acercó a los verdugos y les pidió que no le ejecutasen y que le dejasen escribir a los duques de Florencia sobre el suceso. El soldado español fue liberado y Laínez le dio todo el dinero que llevaba encima para que continuase su camino.

[Publicado en el Semanario Alba. 23 de junio de 2012]

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