¡A rezar, a rezar!

Siempre que se habla de fuerte conversión al cristianismo, viene a la mente san Pablo dándose un buen golpe contra el suelo tras caerse del caballo. Este apóstol perseguía, espada en mano, a todo aquel que se declaraba seguidor de Jesucristo. También existen ejemplos de personas que de pequeños recibieron los sacramentos, pero que, poco a poco, fueron alejándose de la Iglesia por unas cuestiones u otras. Uno de estos casos es el del filósofo español Manuel García Morente, quien, en su época, llegó a ser el catedrático más joven de España.

Manuel García Morente decidió consagrarse a Dios, quería ser sacerdote

Nacido en 1886 en Jaén, su padre le envió a estudiar a Francia y posteriormente a Alemania, donde coincidirá con Ortega, Pérez de Ayala y Besteiro. De vuelta a la capital de España, gracias a Francisco Giner de los Ríos, ejerció como profesor en la Institución Libre de Enseñanza. En 1912 obtuvo la cátedra de Ética y en 1931 fue nombrado decano de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central.

Con el estallido de la Guerra Civil, en julio de 1936, García Morente será destituido por los republicanos. Algo que no será un hecho aislado. Fue un tiempo convulso en el que quedó viudo y fue asesinado el marido de su hija. “Recibí por la mañana temprano el aviso confidencialísimo de que urgía me ausentara de casa y, si era posible, de España, pues se había acordado por ciertos elementos descontentos de mi gestión en el decanato de la Facultad de Filosofía y Letras darme muerte”, escribió García Morente.

Un testimonio que forma parte del Hecho extraordinario, una carta que el filósofo dirigió, en septiembre de 1940, al doctor José María García Lahiguera. Entre sus vivencias cuenta que “un día, los milicianos vinieron a llevarse al hijo mayor de nuestros vecinos de piso. El pobre muchacho fue a la cárcel, y más tarde lo asesinaron en Paracuellos”.

García Morente había mamado de pequeño la fe de sus padres, pero con tantos viajes por Europa y tantas responsabilidades académicas había olvidado sus raíces cristianas. La sensación de no saber cuándo vendrían a arrestarle hizo que decidiera salir de España. Obtuvo un salvoconducto y, pasaporte en mano, atravesó la frontera y entró en Francia. Solo tenía en su bolsillo setenta y cinco francos, lo que hoy serían unos once euros. Llegó a París, donde le acogió un amigo. No fue un tiempo fácil. García Morente sentía angustia por haber dejado a su familia en Madrid.

En sus noches parisinas, el filósofo no dejará de dar vueltas a su cabeza e incluso se planteará su existencia y la de Dios. “¿Quién es ese algo distinto de mí que hace mi vida en mí y me la regala? Claro está que enseguida se me apareció en la mente la idea de Dios”, escribe en Hecho extraordinario.

Un día, García Morente escuchaba música francesa a través de la radio. Sonaba L’enfance de Jésus, de Hector Berlioz. “Cuando terminó, cerré la radio para no perturbar el estado de deliciosa paz en que esa música me había sumergido. Y por mi mente empezaron a desfilar -sin que yo pudiera oponerles resistencia- imágenes de la niñez de Nuestro Señor Jesucristo. Le vi, en la imaginación, caminando de la mano de la Santísima Virgen, o sentado en un banquillo y mirando con grandes ojos atónitos a san José y a María. Seguí representándome otros períodos de la vida del Señor: el perdón que concede a la mujer adúltera, la Magdalena lavando y secando con sus cabellos los pies del Salvador, Jesús atado a la columna, el Cirineo ayudando al Señor a llevar la cruz, las santas mujeres al pie de la cruz…”.

Pero este suceso paradójico para un ateo no quedó ahí. Enseguida, entre pensamientos sobre Jesús, García Morente exclamó un “¡a rezar, a rezar! Y puesto de rodillas empecé a balbucir el padrenuestro. Y ¡horror!, ¡se me había olvidado! Permanecí de rodillas un buen rato, ofreciéndome mentalmente a Nuestro Señor Jesucristo con las palabras que se me ocurrían buenamente. Al cabo de una hora de esfuerzos, logré restablecer íntegro el texto sagrado y lo escribí en un librito de notas. También pude restablecer el avemaría. Pero de aquí no pude pasar. El credo se me resistió por completo, así como la salve y el Señor mío Jesucristo. Tuve que contentarme con el padrenuestro -que leía en mi papel-, no atreviéndome a fiar en un recuerdo tan difícilmente restaurado, el avemaría, que repetí innumerables veces, hasta que las dos oraciones se me quedaron ya perfectamente grabadas en la memoria”, recuerda. Era la noche del 29 al 30 de abril de 1937, una fecha que marcaría su vida para siempre.

Poco a poco consiguió escribir algunas de las oraciones que le había enseñado su madre y compró libros religiosos para reaprender sobre Jesucristo y la Iglesia. Un día después de este Hecho extraordinario, García Morente decidió consagrarse a Dios, quería ser sacerdote.

Consiguió, junto a su hija y nietos, realizar los trámites para viajar rumbo a Argentina. Allí, el filósofo empezó a dar clases y conferencias en la universidad. En junio de 1938 regresaron a España y arribaron a Vigo. Cuando pudo, García Morente fue a reunirse con el obispo para explicarle su conversión. Se confesó y, después de casi cuarenta años, recibió la que él llamó “su segunda Primera Comunión”. El 10 de septiembre de 1938, el que había sido el catedrático más joven de España y un filósofo reconocido, ingresaba en un convento para prepararse para ser sacerdote. Todo gracias a un Hecho extraordinario que ocurrió hace 75 años.

>> Por la música hacia Dios:

Manuel García Morente fue tocado por Dios gracias a una pieza musical. En los últimos tiempos no son pocos los cantantes y músicos que se han acercado a Jesucristo. Por ejemplo, en 2005, el que fuera guitarrista de Korn, Brian Welch, se bautizó en el Jordán y ahora escribe canciones con letra religiosa. También el cantante latino Juan Luis Guerra se convirtió al cristianismo a finales de los noventa y ahora Dios es el centro de su música y sus canciones. Otro converso es el batería de Iron Maiden, Nicko McBrain, quien dijo que “sin esta relación con Dios, no sé dónde estaría ahora mismo. Solo sé que yo quiero estar disponible para usar mi vida para Dios”.

[Artículo publicado en el Semanario ALBA]

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