A Pablo Barroso: “Distancia no es cuando nos separemos; distancia es si nos olvidamos”

Le conocí en el verano de 2010. Era año santo y peregrinamos juntos, sin saberlo, a Santiago de Compostela para hacer el Camino desde el cabo Finisterre. Aquel verano conocí a personas con las que guardo buena amistad. Entre ese grupo de cracks estaba -y todavía está- mi tocayo Pablo Barroso.

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Hoy le recuerdo caminando por el pasillo de aquel autobús sin parar quieto mientras recorríamos kilómetros hacia Galicia. Quería conocer gente nueva, quería hacer una segunda voz desafinada en una canción, quería defender que Trabajo Social era una carrera universitaria estupenda, quería contar que iba algunas veces a barrios de Madrid a repartir bocadillos y café caliente a quienes lo habían perdido todo.

Sin duda, Barroso era -es- un crack. Durante todas las etapas de aquel Camino de Santiago, Pablo y su casi tocayo Paolo siempre encabezaban la marcha de más de cien jóvenes que desde el final de la tierra -Finisterre- íbamos a llevar a cabo durante una semana. Los dos jugaban a ver quien llegaba primero, quien aguantaba más el ritmo. Al final de cada etapa siempre tenía una buena palabra, una broma, un buen gesto. Estaba ahí.

Terminaron aquellos días en Galicia y seguimos coincidiendo en algunos viajes y en algunos otros encuentros. Siempre que nos veíamos me narraba con todo detalle aquel episodio en que sus amigos y él recibieron palos de la policía en una fiesta de nochevieja. Al final, por unas cuestiones o por otras que quizá algún día lleguemos a comprender, en la vida nos alejamos físicamente de buenas y geniales personas sin quererlo. Es sencillo tomar un café pero, por cuestiones absurdas, solemos no querer acercarnos a la taza. La vida.

Hace unos meses leí un libro de una joven murciana enferma de cáncer. Entre todas las espectaculares frases que esta chica dejó dichas o escritas me quedé con una apuntada: “Distancia no es cuando nos separemos; distancia es si nos olvidamos”. Durante días, semanas y meses no volví a ver a Pablo Barroso. Durante ese tiempo nunca me sentí distanciado de él. Nunca. Había marcado mi vida.

Llegó el mes de julio de 2013. Concretamente era día 16, fecha en que la Iglesia católica celebra a la Virgen del Carmen. Un buen amigo organizó una barbacoa en su casa y acudí. Allí estaba Pablo Barroso después de tantas semanas y meses sin habernos visto. El abrazo fue de esos que llevan consigo afecto y buena amistad. Estuvimos hablando un buen rato de la vida, de los estudios, de batallitas del pasado y de que creía haberse clavado en el zapato una jeringuilla mientras repartía bocatas a enfermos de sida. Cenamos y me despedí de él con un buen abrazo y un “a cuidarse”.

Casi un mes después -el miércoles 14 de agosto de 2013- mi teléfono sonó para helarme la vida. Pablo se había despeñado desde el Almanzor, el pico más alto de la sierra de Gredos. Una montaña a la que yo subí varias veces en mi adolescencia. La Providencia volvía a sorprenderme. Llevaba más de un año sin ver a Barroso y nos volvimos a encontrar un mes antes de su muerte, y precisamente el día del Carmen. Gracias Dios por Pablo. Gracias Pablo por formar parte de mi vida. Nunca habrá distancia entre nosotros porque nunca nos olvidaremos.

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