La eutanasia quiere ser la dueña del amor

Hay una canción bellísima del gallego Andrés Suárez que se titula “Rosa y Manuel”. En ella, el cantante dedica unos versos a sus abuelos. Él, Manuel, a causa de la enfermedad de alzheimer, olvida dónde vive y quiénes son los que le rodean. Ella, Rosa, cuida de su esposo y aplica con entrega aquel compromiso que hizo hace años. Ese dulce contrato que hoy es cada vez más vilipendiado por cristianos y profanos. Ese sello verbal que reza: “Me entrego a ti y prometo serte fiel en la salud y en la enfermedad, y amarte y respetarte todos los días de mi vida”. De eso va la vida, de la entrega a los demás. Del amor.

manos ancianos eutanasia

El amor entregado y la vida es lo más bello que tenemos

La eutanasia busca adueñarse del amor. Quienes ya han mentado a la Antigua Grecia para definirla, afirman que es la “acción u omisión que, para evitar sufrimientos a los pacientes desahuciados, acelera su muerte con su consentimiento o sin él”. Por supuesto que ni usted, ni yo, ni ningún académico somos quién para decidir sobre la vida de otra persona. ¡Solo faltaría! Pero, ¿y decidir sobre la muerte?

Me pondré la toga de académico y mentaré también a la vieja cuna de la democracia hoy gobernada por la izquierda radical. La palabra eutanasia tiene origen en el término griego “euthanasía”, que significa “buena muerte”. ¡Viva la muerte!, gritan los legionarios. Yo no me atrevo a tanto, aunque como católico debería, ya que creo en la vida eterna.

Creo que si una persona está enferma terminal y pide la eutanasia por voluntad propia, lo que está solicitando es que lo maten. Si, en otro caso, usted o yo acudimos a un abogado e incluimos en el testamento que nos apliquen la eutanasia en caso de perder la voluntad para decidir sobre una enfermedad propia, estamos firmando nuestro suicidio. Asistido, pero suicido.

Pero, oiga –dirá usted–, que yo no quiero que si mi familiar está terminal o en coma lo ceben sin sentido a medicamentos para mantenerlo con vida. Una cosa es renunciar a tratamientos terapéuticos y otra es desenchufar la máquina del oxígeno, ojo. Dejemos que la vida, si se acerca a la muerte, transcurra con naturalidad.

La vida nos fue dada y no tenemos derecho –ni siquiera nosotros mismos– a acabar con ella. Recuerden que la vida y el amor son uno. Piensen ustedes en los abuelos Rosa y Manuel. El amor entregado y la vida es lo más bello que tenemos. Que el sufrimiento y el dolor no acabe con ninguno de ellos. Que la muerte no se adueñe del amor.

Texto publicado originalmente en Cuadrilatero33.

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