Mis compatriotas refugiados

Empleo, alojamiento, subvenciones, manutención, partida presupuestaria… Quizá suene algo demagogo, inhumano, facha y anticristiano, pero en España hay unos cuatro millones de personas sin empleo. Muchas familias que tienen a todos sus miembros en paro.

Hace semanas afloró en mí la ira cuando el Gobierno de España decidió destinar 200 millones de euros a atender el drama de los refugiados. ¿Está mal? Por supuesto que no está mal. Hay que alimentar al hambriento y dar de beber al sediento. Pero, ¿por qué mi ira? Desde mi demagogia, mi inhumanidad, mi fascismo y mi anticristianismo pienso que esos millones de euros vendrían muy bien para atender a familias españolas que no tienen prestación por desempleo desde hace años o dotar de ayuda a personas dependientes que no reciben un céntimo del Estado, por poner dos ejemplos.

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Nadie se acuerda de ellos porque no salen en la televisión día tras día. Nadie se preocupa de esos cuatro millones de españoles porque no se convierten en “trending topic” en las pantallas de nuestros teléfonos móviles. Nadie aplica la Ley de Dependencia porque los políticos valoran menos a los discapacitados que al depósito de gasolina de su coche oficial. Las ONGs vividoras de los pobres se frotan las manos porque son ellas las que van a gestionar ese parné millonario. Recientemente, leí Querido Noah. En este libro que nos lleva hasta el Congo, la periodista Conchín Fernández entrevista a una misionera española a la que asegura que, “tarde o temprano, la pobreza acabará. Ya están aquí la ONU y otros organismos internacionales”. La religiosa es tajante y realista en su respuesta: “No te engañes. No interesa que esta gente salga de la pobreza. ¿Para qué? Se les acabaría el chollo. ¿De qué vivirían todos los funcionarios internacionales?”.

La Unión Europea, la OTAN, Rusia, Estados Unidos y demás nidos de víboras nos están tomando el pelo con el tema de los refugiados. Han abierto la puerta de Turquía hacia el viejo continente y están desalojando de Siria a la población civil. El objetivo es controlar estratégicamente aquella zona como ya se hizo con Afganistán o Irak. La historia se repite. Antes con las armas de destrucción masiva y los talibanes, y ahora con los refugiados. Ya se está viendo cómo algunos países han comenzado a bombardear Siria con la excusa del ISIS, el Daesh y más invenciones subvencionadas y armadas por Occidente.

Al principio nos dijeron que los refugiados eran cristianos que huían del Estado Islámico. Seguramente lo eran. Pero no me digan ustedes ahora que el casi millón y medio de personas que llegará a Europa antes de final de año son fieles de Misa dominical.

Sigamos con la solidaridad electoral y el buenismo para con el extranjero. Califíquenme ustedes como les venga en gana. Yo solo quiero lo mejor para mis compatriotas. Para esos refugiados del día a día a quienes nadie dedica un “hashtag” en Twitter.

Texto originalmente publicado en Cuadrilatero33.

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