Ella y la dosis de vida

Ella se abre paso con educación mientras baja la escalera mecánica hacia el andén. Falta un minuto para que llegue su tren, el de siempre. Y sabe el lugar exacto donde se detiene rutinariamente su vagón. No falla.

mirada mujer ella dosis vida

Su rostro está tostado por días de sol. Su mirada está fija en el horizonte de las pulidas vías ferroviarias. La droga lleva años acompañando sus pasos egoístamente y ha arañado su rostro, sus brazos y su figura.

Se abre la puerta y aquello se convierte en una guerra para conseguir asiento durante unos cuantos minutos.

Un niño en silla observa a su alrededor. Mira al tipo de la bici, a la joven que lee, a la anciana que duerme y al adolescente que habla por teléfono sobre que ha comprado una camiseta roja a once euros o algo así.

Música metalizada. Próxima parada. Descenso de velocidad. Se acabaron los minutos de sentada en movimiento. Ella se levanta sabiendo que queda menos para reunirse con su compañera de muerte que no la deja escapar.

Se topa con el niño. Ambos sonríen. Ella pregunta algo a la madre y le tira besos al hijo. Las carantoñas aparecen y la dosis de vida es fugaz como el frenado del maquinista.

Decenas bajan, con prisa para estar de pie, algo que detestaban al subir al vagón apenas hace un rato. Ella baja. Él niño también. Ambos con una dosis de vida desapercibida para el mundo pero emocionante y rompedora para ellos.

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