Muchas gracias Ayo

La verdad es que nunca he sabido si se escribe Ayo o Allo. Usaré la i griega, como hacen los demás. Quizá el primer recuerdo que tengo de Ayo es el del día que mi hermano y yo hicimos la Comunión. No lo recuerdo en la iglesia -donde seguro que estuvo con Ana, Titi y Nacho– pero en mi mente sí que lo veo en el ágape posterior lanzando cacahuetes para anotar triples en el vaso de refresco de los amigos del otro lado de la mesa.

También lo recuerdo sentado en una butaca viendo en la televisión cómo España empataba frente a Corea del Sur en el mundial de Estados Unidos en 1994. Y es inolvidable vernos correr junto a decenas de amigos jugando a un escondite al que llamamos «liebre» en las noches de verano, ocultos tras las columnas y reptando por el césped. Un césped que durante muchos fines de semana nos sirvió de campo de fútbol para hacer campeonatos de dos contra dos.

Ayo es de los mejores en el arte del balón y, en una ocasión, el sorteo de equipos hizo que me tocase ser su pareja deportiva. Carlos, su amigo del alma, hizo aquel día de árbitro y organizador del torneo improvisado con libreta en mano. Cada equipo tenía que elegir su nombre. Le pregunté «Ayo, ¿cómo nos llamamos?». Y, sin dudar, respondió «Nos llamamos ‘Mahou 5 estrellas'». Nunca he olvidado ese momento ni tampoco sé la razón de peso de su elección. Puedo intuir que fue por el anuncio cervecero con melodía pegadiza que ponían en Telemadrid antes del fútbol televisado. Aquella tarde ganamos todos los partidos. Por su talento, claro.

Dichoso fútbol que en 2002 -si no me falla la memoria- le hizo perder un pequeño sueldo por no acudir a las ocho de la mañana a preparar obstáculos y recoger vallas en un concurso hípico cerca de casa. Llegó tarde porque España –su amada España– se la estaba jugando en el mundial de Corea y Japón. ¿Es más importante España o unos caballos? Él lo tiene claro. Los demás hemos tardado un poco más en darnos cuenta de lo que de verdad importa.

Nuestros caminos se separaron, pues no éramos del mismo grupo de amigos, y aunque no nos llevamos mucho años, entonces sí lo parecía. Sí puedo recordar que en verano de 2004 coincidimos una noche en La Manga del Mar Menor, cuando pasé unos días a los pies, casi, del faro de Cabo de Palos. Como siempre, saludo, abrazo, sonrisas y cordialidad.

Una década después nos volvimos a encontrar, creo que una Navidad, en un parque infantil enfrente de casa. Allí estaba con su mujer y sus hijas, jugando, columpios arriba, tobogán abajo. Nos saludamos, recordamos viejos tiempos, me habló de Albacete, le hablé de Roma y se despidió con un «Pablo, junto a Kiko y a Carlos, eres uno de los pocos que aún queda por aquí». Nos dimos un abrazo y esbozó su sonrisa. Ayo siempre sonríe.

Paulatinamente ha regresado por la casa de sus padres en viajes relámpago, de paso o de fin de semana. En nuestras conversaciones fugaces durante estos años me ha comentado con sencillez y humildad tareas para él tan naturales como volar para identificar aviones rusos, desfilar a velocidad de vértigo sobre Madrid el 12 de octubre o correr junto a la playa varios kilómetros para mantener la forma física.

patrulla aguila 5 ejercito del aire ayo eduardo garvalena

La última vez que vi a Ayo fue un domingo a la salida de Misa. Estaba debatiendo con una de sus hijas sobre si era mejor el sabor del huevo frito o el de otras chucherías. Siempre pendiente de los pequeños detalles. Siempre entregado. Siempre siendo referente de valores. Aquella mañana su madre me hizo saber que su primogénito era parte de la Patrulla Águila del Ejército del Aire español. Águila 5, nada más y nada menos. Un orgullo para ella, para Eduardo, su padre, para su familia y también para todos los que le conocemos.

Y escribo «conocemos» en presente porque Ayo vive. Porque quien ha dado la vida por los demás, vive. No hay melodía, ni letra de «la muerte no es el final» que consuele cuando aprecias. Y yo a Ayo lo he apreciado y lo aprecio, en presente. Es imposible que caigas en el olvido.

Durante estos días he recordado la jaculatoria que es parte de esa oración tanta veces cantada. «En tu Palabra confiamos, en tu Palabra confiamos, en tu Palabra confiamos» me lo repetía a mí mismo. Pero ¿qué Palabra podía dar consuelo aquel jueves 27 de febrero y días posteriores? No la encontraba. Supuse que la del Evangelio de aquel día. Busqué el texto: «El que pierda su vida por mi causa la salvará».

Eres un ejemplo para quienes hemos compartido contigo algún momento de nuestra existencia. Ya te han devuelto a la Vida, ya te han llevado a la Luz. Ahora no lo comprendemos. Pero tú ya sí. Has visto a Dios cara a cara y eso me estremece. Vuela alto con los que te precedieron. Intercede por los que aquí quedamos. Honor. Gloria. Eterno.

Muchas gracias Ayo.

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