Caídos por Dios o caídos por España

Cuando la gente habla de símbolos franquistas, lo primero que suelen nombrar es “la bandera del águila”. También suelen traer a su boca las lápidas que, adosadas a las fachadas de muchas iglesias, recuerdan a aquellas personas que fueron asesinadas durante la Guerra Civil. ¿A qué viene esto? Pues a que de nuevo tiene que haber un alcalde iluminado que decida que se deben retirar de una iglesia las lápidas de personas -religiosas o no- que fueron asesinadas durante la contienda entre hermanos que duró de 1936 a 1939.

Leo en el sitio web ‘Religión Confidencial’ que el alcalde de Aspe ha escrito al obispado de Orihuela-Alicante para que en su localidad se cumpla la Ley de Memoria Histórica, una norma inventada por el gobierno de Zapatero. Sin duda es plenamente legítimo que miles de personas puedan desenterrar de cunetas y campos a sus familiares asesinados hace siete décadas para darles sepultura en el cementerio.

Unas lápidas con los nombres de republicanos, falangistas, un sacerdote y un padre de familia

El alcalde aspense, socialista apoyado por comunistas en su ayuntamiento, tiene el objetivo de arrancar las lápidas de la fachada de la basílica de Nuestra Señora del Socorro, de la localidad alicantina. Dice que hay que cumplir “la Ley de Memoria Histórica que prohíbe la existencia de símbolos franquistas en todos los edificios públicos”. El objeto del debate es un panel lapidario –pintarrajeado hace días por un jubilado nostálgico– que está al lado de la puerta de Santa Teresa del citado templo. Consta de una cruz, veinte lápidas iguales de personas anónimas y una más grande en memoria de José Antonio Primo de Rivera, fusilado, como es sabido, en Alicante y llevado a hombros en procesión hasta el Valle de los Caídos, en Madrid.

En una quincena de las lápidas pequeñas aparecen nombres como el de Ramón Calpena Cañizares y su hijo Luis Calpena Pastor. Ambos tenían el “franquista” oficio de fabricar alpargatas. De Luis se sabe que, tras la revolución de Asturias de 1934, envió 25 pesetas a la redacción del periódico ABC “para premiar a la fuerza pública por su actuación patriótica frente al movimiento revolucionario”. Padre e hijo fueron linchados en la plaza pública el 7 de julio de 1937 por simpatizar con el levantamiento militar de Franco.

José Cremades Vicedo es otro de los nombres grabado en la fachada de la iglesia. Era padre de familia y había formado un grupo de Acción Católica en su pueblo para hacer oración y vivir mejor la fe. Al grito de ‘Viva Cristo Rey‘ fue asesinado el 15 de septiembre 1936 detrás de la pantalla de un antiguo cine. ¿El motivo? No renegar de su fe en Jesucristo. Nadie lo mató por ser franquista. Le dispararon por ser católico. Hoy es Siervo de Dios y su proceso de canonización sigue abierto.

Cada una de las lápidas cuenta un testimonio. El del sacerdote Antonio Soria Gabaldón pone los pelos de punta. Este aspense, tras ser ordenado cura, fue enviado a pastorear en la localidad alicantina de Elche. Quiso celebrar un funeral y algunos marxistas del lugar se opusieron. El 20 de febrero de 1936 -como es sabido, Franco por entonces estaba en Canarias y, por tanto, el cura no podía ser franquista- algunos habitantes del lugar incendiaron y destruyeron la iglesia de San Juan. Meses después, Soria Gabaldón fue encarcelado y posteriormente asesinado. Con el cuerpo del sacerdote yaciendo en tierra, uno de sus asesinos, imitando una frase pronunciada contra Cristo en el Calvario, dijo “De poco te ha servido tu talento y la confianza que tenías en tu Dios. ¿Por­ qué no te ha salvado de la muerte?”. Hoy, al igual que José Cremades Vicedo, Antonio Soria es Siervo de Dios y su proceso de canonización continúa abierto.

Entre las losas funerarias también aparecen las de Manuel Gras Uríos, Francisco Cremades Galinsoga y Luis Caparrós Castelló -apodado ‘el carbonero’-, todos ellos eran habitantes de Aspe y, como recoge José Soria Pastor en su libro “Memorias”, fueron abatidos en el frente mientras luchaban en las filas del bando republicano. Nadie puede negar que cayeron por una España -la republicana -que para ellos era la mejor.

Manuel Calatayud Gil era relojero. Fue asesinado en 1936 en Ciudad Real por ser requeté y falangista. Corrió la misma suerte el propietario agrícola Francisco Botella Pastor, a quien se le aplicó el método del “paseo” por alegrarse de la victoria de las tropas de Franco en Málaga.

También se puede leer el nombre de José Torres Lledó. Lo único que se sabe de él es que está enterrado en el Valle de los Caídos. O el del artillero Gaspar Mira Martínez, quien -como recoge Carmen González Martínez en su libro “La Guerra Civil en Murcia”, publicado en 1999- fue fusilado en Cartagena en otoño de 1936. Al igual que a José Alenda Alberola, a quien dispararon en el cuartel de Santa Engracia, de la localidad alicantina de Villena, también en 1936.

Caídos por Dios o caídos por España, son unas lápidas de personas nacidas o asesinadas en Aspe que su actual alcalde quiere retirar de la vista de todos. ¿Era el cura asesinado en febrero de 1936 un franquista? ¿Eran también simpatizantes de Franco los soldados republicanos Gras, Caparrós y Cremades? ¿Era franquista el padre de familia que fue martirizado gritando ‘vivas’ a Cristo?

Pero no echemos la culpa solamente al alcalde. El párroco también entiende que hay que estudiar si retirar o no esas “lápidas franquistas”. Con lo fácil que es dedicar un rato a leer quiénes eran todos y cada uno de esos aspenses caídos o por Dios o por España. Y como postdata preguntaré si, después de esto, también van a pedir que destruyan por “símbolos franquistas” los pantanos, las licencias para abrir estancos o las casas que tiene una placa con las letras del ministerio de la vivienda acompañadas por el yugo y las flechas.

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Un comentario en “Caídos por Dios o caídos por España

  1. Por desgracia, “las casas que tienen una placa con las letras del ministerio de la vivienda acompañadas por el yugo y las flechas” –en una de las cuales yo nací y me crié con mis hermanos– también están entre los objetivos por destruir de los talibanes iconoclastas de la memoria histérica; como puede comprobarse fácilmente en sus locas, subvencionadas y alucinadas webs.

    Gracias por hablarnos por fin de los héroes y los santos de Aspe. Del jubilado pintarrajeador, los politicastros y la demás mortecina casquería del pueblo ya habíamos oído bastante.

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